
Entre mis piernas ronronea Sofía, con su panza de futura madre. A ella tampoco le importan las gotas que nos mojan. La tomo entre mis brazos y le ofrezco la ciudad como regalo. Ella asoma la cabeza más allá de la ventana, con sus ojos curiosos sonríe al ver la maqueta ciudad que hay del otro lado de nuestro departamento. Siento sus cachorros moverse debajo de su vientre.
En la cocina una tetera hierve. Camino por el departamento hasta quedarme frente al umbral de la cocina. Como si fuese un cuadro pintado por Vermeer, con todas las inflexiones de luz, claroscuros y pinceladas sutiles, se me aparece mi mujer frente a la ventana. La observo en silencio, pensando en cada hora que debió suceder para llegar a este momento, en cada beso, en cada mirada que nos hizo cómplices de este pequeño mundo que de la nada fuimos construyendo.
Ella se toma el vientre, apega su mentón a su pecho y le habla en voz baja. La observo, sonrío, al igual que sonríe nuestro hijo en esa burbuja de vida que mi mujer abraza.
Somos al fin una familia, Verónica.
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Te Amo, querida Shinigami.



